Soy un chico de 22 años, y trabajo en un gimnasio de por mi casa. No hago mucho, simplemente me ocupo de que todo quede ordenado y en su sitio y, cuando ya no queda nadie, cierro con llave y me voy, hasta el día siguiente. Pasan muchas chicas y mujeres por el gimnasio, de todas las edades, tamaños y aspectos. Las jovencitas me dan un morbo especial, esa mezcla de frescura e inocencia… Aunque no soy escrupuloso, me gustan de cualquier edad. Pero una chica me obsesionaba especialmente. Típica niña rica, pensaba yo. Al principio cuando me veía sólo me echaba alguna miradita inocente. Luego ya eran gestos de calentura, hasta que un día, incluso, al salir de los vestidores se chocó conmigo. En vez de irse me frotó la entrepierna con su apretado culo de colegiala y dijo:
- Ay, perdóname…¬¬-
Muy a menudo, casi siempre, era la última en marcharse, y ahí era cuando tonteaba. Me tenía tan caliente y me jodían tanto las niñas de papá que, como digo, me obsesionó.
Una tarde se me presentó la ocasión. Ya se habían ido casi todos, incluso los entrenadores. Quedábamos Paco, que es un compañero de trabajo, y yo. Y dos chicas duchándose. Una de ellas ya se imaginaran quién era.
- Joder, a ver si acaban pronto y podemos largarnos, que estoy hasta la madre de esto – dijo Paco.
– Oye, vete si quieres, yo me quedo – me ofrecí, magnánimo – así de paso reviso lo de los desagües del baño de las chicas, que decían que les pasaba algo.
– ¿De verdad? No sé…
– Que sí, cabrón, que sí. Hoy por ti y mañana por mí, ¿no? – comenté deshecho en sonrisas, cuando lo que realmente quería era que se largara.
– Muchísimas gracias, en serio…
– De nada, hombre, de nada.
Al rato salió la mujer que quedaba en la ducha, una mujer cuarentona con unas curvas de infarto. Pero mi objetivo, de momento, era otro, así que la despedí con cordialidad y, cuando se alejó, cerré las puertas del gimnasio y apagué las luces que daban a la calle.
Cuando entré en los baños de mujeres todavía se escuchaba agua caer. Entré, y sin querer le di una patada a algo que había en el suelo, haciendo ruido.
- ¿Quién hay ahí? – la oí preguntar, cerrando el grifo.
No contesté. Sabía que se asomaría a mirar, y así lo hizo. Segundos después, envuelta en una toalla, salió y se encontró frente a mí. Sonrió.
- Ah, eres tu – dijo – me había asustado.
– Hola, princesa. No pretendía asustarte, preciosidad – contesté empalagoso y embaucador.
Ella se creció con mis halagos.
– No pasa nada, ¿quieres algo de mí?
– Quiero muchas cosas, princesita. Y desde hace mucho, pero es hoy cuando me las vas a dar.
Empezó a mirarme, confusa.
– ¿Qué quieres decir? ¿Qué vas a hacer?
– No te preocupes, cariño mío, nada que tú no quieras – ya había empezado a acercarme a ella, que andaba hacia atrás – siempre me miras con ojitos viciosos, y el otro día hasta te frotaste contra mí.
– Eso no es verdad – dijo. Ya estaba pegada a la pared y yo casi había llegado a su altura – déjame en paz, si me haces algo gritaré.
Llegué y aprisioné su cuerpo con el mío. Intentó darme un rodillazo, supongo que en la entrepierna, pero la inmovilicé a tiempo y sujeté sus manos.
- Pues grita, amor mío, grita, ¿no ves que estamos solitos? He apagado las luces y cerrado las puertas, cariño, aunque grites no servirá de mucho.
– Por favor… – empezaba a suplicar – por favor, no me hagas daño… Por favor…
– No voy a hacerte daño si me obedeces, cielo. Me lo debes.
– Yo no te debo nada, cerdo asqueroso. ¡Déjame en paz, suéltame!
– Claro que me lo debes, mi amor – dije, sujetándola más fuerte – el otro día cuando te frotaste con tanto ímpetu despertaste el interés de mi verga y hasta que no se sacie no te va a dejar en paz. ¿No crees que lo mejor sea que la contentes cuanto antes para que se vaya feliz a casa?
– Por favor… – volvió a decir – te la jalo un ratito, pero después dejarás que me vaya. Suéltame, me haces daño.
Agarré con una mano su toalla y la desaté, cayendo al suelo. Quiso taparse pero estaba bien inmovilizada.Tenía un buen par de tetas. Tenía unas tetas impresionantes. En su sitio, pero bastante grandes.
- Joder, princesita, ¡qué par de melones! ¿Y qué edad tienes?
– Dieciocho.
– y con este par de melones.
– No hables así de mis pechos – dijo, toda digna.
Me reí con sarcasmo. La verdad es que tenía las tetas grandes, sobre todo teniendo en cuenta que tenía un cuerpo delgadito.
- Esto no son pechos ,son unas tetotas… Ideales para una zorrita caliente.
A mí me encantaban sus tetas, pero intuía que se sentía acomplejada por su tamaño. Me iba a encantar humillarla con eso…
- ¡Cállate, asqueroso!
Con toda la calma del mundo y una gran sonrisa le di un bofetón. No demasiado fuerte, aunque sí sonoro. Lo justo para empezar con la humillación. Se puso a gritar como una loca, a agitarse para que la soltara. Yo empecé a lamer sus tetas y mordisquear sus pezones y, aunque no quería, dejó de gritar para comenzar a gemir.
Cuando ya la tenía donde quería me fijé en su panocha, sin pelo.
- Un coñito depilado, parece que la nena es más puta de lo que quería reconocer.
– Es por higiene – aclaró.
– No, princesita, no. Es para putear por ahí. ¿Cuántas vergas te has metido ya por ahí eh?
– Eso a ti no te importa.
– Tienes razón. Lo único que importa es que será éste – me sobé mi pene por encima del pantalón, ya bien empinado – al que vas a satisfacer hoy. Así que a darle.
Con manos temblorosas y evitando mirarme a los ojos empezó a desabrochar mi cinturón y mi bragueta, y después bajó mis calzoncillos. Comenzó a tocármela.
– Putita, arrodíllate, me apetece verte así delante de mi pene – dije, empujando sus hombros.
– No me llames así – contestó mirándome enfurecida.
– Ay, perdón – fingí arrepentirme – tienes toda la razón, preciosa. Putita era cuando me calentabas por las esquinas, pero ahora que ya tienes mi Verga en tu poder la cosa cambia. Ya puedes decir tranquilamente que eres una puta.
– No me insultes, me llamo Barbará.
– Qué maleducado soy, mira que no preguntar… Pues eso, Barby, zorrita, arrodíllate.
Se dio cuenta de que con cada palabra lo empeoraba y su humillación crecía y, sorprendentemente, no sólo se calló, sino que se arrodilló frente a mi polla.
– Ahora contéstame y dime a cuantos tipos te has tirado. Y no me digas que ninguno, que sé de sobra que como buena puta sabes hacer más de una cosa a la vez.
Volvió a mirarme con odio, pero entró al juego.
– No lo sé, algunos han sido rollos de una noche, tendría que ponerme a pensar.
– Ah, mira, la princesita no quiere que la llame zorra, y con diecisiete años ya no sabe cuántos tipos se la han tirado – dije entre risas – ¿diez, veinte? ¿Cincuenta, cien, doscientos? – estas últimas preguntas iban cargadas de ironía.
– Joder, yo que sé, pues entre diez y veinte.
– ¿Y a cuántos pendejitos de esos les has mamado la verga?
– Sólo a mi novio, y una vez muy poco rato, no me gusta hacerlo.
– Anda si encima tienes novio… ¿Tiene tu edad?
– Sí, un par de meses más.
– Qué joven para ser cornudo. Seguro que si supiera que a mí sí me la vas a chupar se le quedaba cara de pendejazo.
Dejó de masturbarme y me miró a los ojos.
– ¡De eso nada! ¡El trato era de jalártela!
– ¿Trato? Yo no he aceptado ningún trato, princesita, y tengo uno mejor. Además, no me niegues que te gusta – bajé la mano a su coño y le metí un dedo, que salió empapado – ¡bingo! ¡Chorreando!
– No, no… – se puso roja – por favor, no es que me guste, es… no sé, no me hagas nada… no me obligues a… eso. Me da asco.
– ¿A qué?
– A… hacerte sexo oral.
– Hablas demasiado fino, las zorras llaman a las cosas por su nombre. ¿No quieres mamarme la verga?
– No, no quiero, no me obligues.
– Que no te obligue a…
– A mamártela…– murmuró muy bajito, completamente roja.
– No voy a obligarte, me lo vas a pedir tú.
– Ni hablar.
– Ya verás cómo sí, princesita. Vamos, túmbate. ¡Vamos, túmbate en el suelo!
Me hizo caso, asustada. Abrí sus piernas todo lo que pude, acerqué la boca a esa puchita que me volvía loco y empecé a comérmela. Al principio se resistía, intentaba negarse, pero comerme un buen coño es una de las cosas que más cachondo me ponen y me dediqué a ello con pasión. A los pocos minutos gemía como loca, cachonda pérdida.
- Sigue, sigue, estoy a punto de correrme.
Paré de golpe.
– Ponte de rodillas un momento antes de seguir – ordené.
No se lo pensó. Busqué con la mirada algo para mi objetivo y cogí el cinturón. Até las manos a su espalda con firmeza.
- ¿Qué chingados haces? – preguntó.
– Calla, puta. ¿Quieres correrte o no?
– Sí – respondió, sonrojándose otra vez.
– Entonces obedece.
Me fui a sentar en un banco que había en una esquina y se dio la vuelta, aún de rodillas, mirándome, ávida de instrucciones.
- Vamos, zorra tetona, ven– me miraba apretando los dientes, maldiciendo, mientras venía hacia mí arrastrándose, pero ya se había resignado, y ni siquiera me pedía que no la insultara, así que seguí deleitándome – no sé cómo no pierdes el equilibrio, con ese cuerpecillo y ese par de chichotas por delante que parecen globos.
Me agarré la polla mientras la veía andar hacia mí, sus tetas botando, su cara roja por la vergüenza y la humillación, y jadeando, por el esfuerzo y lo cachonda que estaba. Cuando ya le faltaba poquito la agarré del pelo y la arrastré hasta mí.
- Muy bien, guapa, entonces dime, ¿quieres disfrutar? ¿Estás cachondita?
– Sí, bueno, un poco…
– Un poco no, puerca, estás caliente como una perra en celo. Dilo.
– Estoy caliente como una perra en celo.
– Si me satisfaces, tal vez te corras. Si no, no sólo no te correrás y, encima, te voy a tener horas aquí. Tú eliges.
– Está bien, lo haré, pero por favor, deja que me corra.
– Luego. Ahora, ¿no tenías nada que decirme?
Cerró los ojos, muerta de vergüenza, y dijo:
– Por favor, chuparte la verga.
– Pues no me haré de rogar, zorrita.
La agarré del pelo y empecé a penetrar mi pene en su boca. Poco a poco la metí, ordenando que abriese más y más la boca, puesto que, aunque no muy larga. Al llegar a su campanilla y notar varias arcadas, intentó sacársela, pero me esperé un poquito y, además, solté una de las manos de su pelo y le tapé la nariz. Sólo le saqué la verga cuando le caían un par de lágrimas por las mejillas, del esfuerzo.
Pensé que iba a soltarme toda una bola de insultos, pero no. No dijo nada, así que aproveché para humillarla un poco más.
– Al cornudo no se la mamaste así, ¿no?
– No, solo se la lamí un poco. Y se llama Jorge.
– Me la pela. En lo que a mí respecta, la zorra y el cornudo. Dime, ¿te corres sólo con penetración o tienes que sobarte el coño?
– Casi, pero no, necesito tocarme un poco el clítoris.
– Genial. Siéntate en mi polla, déjate caer.
La muy puta no se hizo de rogar. Así sentado como estaba yo, se puso de pie, aún con las manos a la espalda, me rodeó con las piernas, y se empaló con mi verga de un solo golpe.
- ¡Hija de puta, qué panochita más abierta tienes! – Exclamé – ¡cabalga, zorra, cabalga!
Botaba arriba y abajo, gimiendo con fuerza, y yo retorcía sus pezones.
– ¿Te gusta, puta?
– ¡Muchooooo! ¡Muerde mis pezones, por favor! ¡Ayyy,ay,ay!
– Estás hecha una zorrita de lujo.
Cuanto más se los retorcía y mordía más gemía ella, pidiéndome más, empalándose con furia mi palo en las entrañas.
De pronto un sonido nos sobresaltó.
- Es mi celular, pero da igual, déjalo sonar… aaaaaaaaaahhhhhhhhhhhh, ayyyyy.
Siguió moviéndose. La muy puta contraía los músculos de la vagina aprisionándome el palo y estaba a punto de correrme.
– Baja, puta, que no quiero correrme y menos en tu pucha, ¿o quieres que te deje embarazada?
– No… Claro que no… – decía jadeando.
Desaté sus manos.
– Ve a coger tu celular, a ver quién llamaba.
Aunque intuía la respuesta, mi mente calenturienta se alegró cuando dijo:
– Era mi novio.
– ¿Perdón? ¿Qué era quién?
– Mi novio.
– ¿Qué? – para que reaccionara le di un sonoro azote en el culo, y me miró avergonzada.
– Perdón. Era el cornudo. Luego le llamo.
– No, perra, le llamas ahora.
– Bueno, está bien, intentaré que sea rápido…
– De eso nada. Ponte a cuatro patas aquí, marca su número y pon el altavoz.
– No, por favor, no me hagas esto.
– ¡Que lo hagas, joder!
Y, sorprendentemente, lo hizo. Antes de que diera señal, pese a sus débiles protestas, empecé a meterle la polla otra vez en el coño.
– ¡Hola! – saludó él alegremente, y justo entonces embestí hasta los huevos
Ella ahogó un jadeo y tardó un par de segundos en reaccionar.
– Hola cariño, perdona, no he oído tu llamada.
– No pasa nada, ¿estás en casa?
– Eh… no – decía ella, que entre que tenía que inventar una excusa y estaba siendo empalada le costaba pensar – estoy con las chicas del gimnasio tomando algo.
– Ah, yo estoy algo ocupado, pero era para vernos en un ratito. ¿No podrías, en una hora o así?
– Uf, no sé, estoy cansada – dijo.
Le di un pellizco en el culo y susurré, muy, muy bajito.
– Queda con él, perra.
Antes de que el pendejo pudiera contestar, Barbará rectificó.
– Pero bueno, claro que sí, un rato. Sólo que aún nos falta un poco y preferiría cambiarme… ¿En una hora y media?
– Bueno, paso a buscarte. ¿Estás bien? Parece como si acabaras de correr la maratón.
Tuve que esforzarme en no reír. Si él supiera…
– Claro que sí, cansada, pero nada más. En un rato nos vemos.
– Un besito.
Ella colgó a tiempo, justo antes de dar un gemido tremendo por una de mis embestidas. Llevó una mano a su clítoris.
– De eso nada, puta, no te sobes.
-Pero me quiero correr.
-Yo me encargo amor.
Empecé a embestirla con mayor fuerza, mientras ella gemía y retozaba de placer. Enseguida me incorpore sin sacársela y la cargue en mis brazos, ella me aprisiono con sus piernas enganchándose a mí. Estuvimos con el mete y saca por un buen rato de esa forma.
Podía sentir como sus jugos se resbalaban entre sus piernas, se sentía delicioso. Eso me éxito mas y la recosté sobre el banco.
-Ahora preciosa, vas a saber lo que es el placer.
Comencé a comerle la puchita, mmm que delicia que era, toda mojadita y con ese sabor tan característico de su puchita.
-Ayyyyy si, sigue, por favor mas masssssss.
Ya no gemía, me lo gritaba, era tanto su placer que se corrió la muy guarra en mi cara. Yo seguía con mi tarea y me tome todos sus jugos.
-ay sigue papi, quiero que me cojas de nuevo.
Me coloque encima de ella y comencé a cogérmela de manera brutal, mientras yo se la metía como una bestia salvaje, ella me pedía mas y mas. Me ponía más y más cachondo con cada uno de sus gemidos. Le mordía sus pezones y se los pellizcaba.
-Dame mas, masssssss, me corro, Ayyyyy.
-¿quieres mas perrita?, te voy a partir en dos putilla.
-siiiiiii, hazlo, párteme, dame tu lechita.
No pude resistirme y empecé a retorcer sus pezones. Eso fue el detonante. Al minuto, gritó:
– ¡¡Me corrooooooooooooooo!! ¡¡Ahhh si, me corro, sí, sí, síííííííí!!
Impresionante. Esa chica era una viciosa de cuidado, pensé. Le estaba dando tales embestidas a la muy zorra, que me dejaba alucinado.
-ahh ¿quieres leche nena? ¿La quieres?
-si, dámela, lléname de tu lechita. La quiero sentir en mi pucha.
Eso me puso a mil e inmediatamente me corrí dentro de ella. Le descargue todo mi semen dentro de su vaginita. Fue algo asombroso.
No paso mucho tiempo antes de que me pusiera en pie.
– ¿Y tu ropa? – pregunté mientras ella descansaba de su orgasmo, jadeando – lame tus fluidos de zorra del banco, lo quiero limpio. No me des más trabajo del que ya tengo.
Señaló una percha y empezó a lamer. Cogí el tanga, lo hice una bola y lo inserté en su coño. Cuando estuvo bien empapado lo saqué y me lo guardé, a la vez que le tiraba el bra, el uniforme y los calcetines.
– Esto me lo quedo de recuerdo – dije.
– ¿Me vas a hacer volver a casa sin tanga?
– Así se te airea el chochito – dije, burlón – ¿algún problema? Si sigues chingando te vas sin bra.
– No, no, perdón. Era curiosidad.
– Tú obedece y cierra el pico. Deja de lamer ya y vístete.
– Gracias – murmuró.
Desaté sus manos y señalé la puerta con la cabeza.
– Te espero fuera.
– Ahora mismo voy.
Tampoco era mucha ropa que ponerse: el sujetador, el típico polo blanco, faldita escocesa, calcetines y zapatos. Efectivamente, en un momento estaba fuera. Una oleada de aire gélido nos azotó y se puso la chaqueta.
– Eso, abrígate, que tu coño estará caliente, pero hace frío. ¿Y tu celular?
– Aquí – lo sacó de la mochila.
– Llámame y cuelga – le di mi número.
Cuando quedó el suyo registrado en mi teléfono, pulsé en a añadir a la lista de contactos y se lo di a ella.
– Memorízalo. No por tu nombre, claro, que no me acordaría – dije – pon “zorra tetona” y así cuando me apetezca usarte, te llamo.
Me miraba otra vez con esa expresión de odio y pregunté:
– ¿Hay algún problema? ¿Es que no has disfrutado? Si no quieres volver a saber nada de mí…
Era un riesgo, lo sabía, pero algo me indicaba que no era así.
– No, no – contestó enseguida – está bien.
En la pantalla apareció el nombre indicado y lo memorizó.
– A mí puedes memorizarme como Diego, aunque no quiero que te dirijas a mí por mi nombre nunca.
– Entendido.
– Me voy, puta. ¿Cuándo vuelves al gimnasio?
– El jueves.
– Pues en un par de días nos volvemos a ver, si quiero algo de ti ya tendrás noticias mías.
– Vale. Hasta el jueves.
– Adiós. Dale un besito al cornudo de mi parte…
Otra mirada de odio, pero no dijo nada. ¡Qué ganas de que llegase el jueves!